Función Ejecutiva, ¿todo o nada?

Introducción

El término de función ejecutiva fue aportado por Joaquín Fuster (1980) en los años ochenta, mediante su teoría general sobre la corteza prefrontal en la cual planteó la importancia de ésta en la estructura temporal de la conducta [1]. Sin embargo, a pesar de la aportación de este autor, fue Muriel Lezak (1989) quien popularizó el término años más tarde. En concreto, definió las funciones ejecutivas como las habilidades mentales que permiten llevar a cabo la formulación de metas y la planificación necesaria para llevar a cabo una conducta eficaz, creativa y socialmente aceptada [3]. No obstante, a pesar de los esfuerzos realizados por estos autores, parece ser que fue Alexander Luria quien esbozó, sin saberlo, el concepto por primera vez a través de su libro “Higher Cortical Functions in Man (1966) “. En esta obra, el autor define el constructo a partir de la descripción de diferentes casos de pacientes con lesiones prefrontales. Estas lesiones que afectaban a la iniciativa, la motivación, el autocontrol conductual y a la formulación de metas y planes de acción de estos sujetos. Por ello, a raíz de sus observaciones, Luria plantea la existencia de una actividad cognitiva que regule el comportamiento humano y que permita actuar para conseguir una meta con una intención definida, constructo que hoy conocemos como función ejecutiva [4].

Definición actual

En la actualidad, el desarrollo de técnicas de exploración funcional y baterías neuropsicológicas computarizadas han permitido refinar el concepto; siendo la función ejecutiva definida como un conjunto de habilidades cognoscitivas que permiten el diseño de planes y programas, la monitorización de tareas, la anticipación y establecimiento de metas la selección precisa de los comportamientos y las conductas y la flexibilidad en el trabajo cognoscitivo y su organización en el tiempo y en el espacio para obtener resultados eficaces en la resolución de problema [5].

Dicha definición, no es más que una definición de pormenorizada de un conjunto de procesos cognitivos vinculados al funcionamiento de los lóbulos frontales [5]. Dicha redefinición ha llevado, en los últimos años, a intentar acortar las habilidades o capacidades que componen dicho concepto. En esta línea, Golberg (1946- ), seguidor de Luria; equipara dicha función cognitiva al director de orquesta en su libro “El cerebro ejecutivo”. En este sentido, el lóbulo frontal, estructura principal que sustenta esta función, sería el encargado de recibir información procedente de otras áreas cerebrales con el objetivo de combinarla para realizar la conducta objetivo [2]. 

Conclusiones

Como podemos observar, se trata de un dominio con una alta complejidad subyacente. Por ello, su estudio resulta arduo y complicado, ya que analizar cada uno de sus componentes, así como su peso factorial resulta bastante complejo y, en algunas ocasiones confuso.

Sin embargo, aunque a simple vista parezca que existe un consenso en torno a esta función, la realidad es contraria, ya que son muchos los autores que en la actualidad intentan definir y estudiar de forma exhaustiva dicho dominio cognitivo. Muchos de ellos, sugieren que dentro de este dominio podría situarse la memoria de trabajo y la inhibición, como componentes a tener en cuenta en la definición de este constructo, en lugar de dominios aislados de la cognición [7].

De esta forma, si analizamos la función ejecutiva atendiendo a estas características nos daremos cuenta que esta podría ser entendida como un todo. Sin embargo, otros autores, consideran que la función ejecutiva no es más que un mero invento, ya que, si se analizan de forma pormenorizada cada uno de sus componentes, observaremos que estos no son más que procesos pertenecientes a otras funciones cognitivas. Por tanto, a raíz de estas afirmaciones, surge la siguiente cuestión: ¿puede ser la función ejecutiva entendida como un todo, o por el contrario es un mero invento del ser humano?

Panorama actual

Actualmente, el debate sigue vigente. Sin embargo, a pesar de la existencia de dicha discusión, en torno a cuáles son los componentes o factores que integran dicho dominio, todos los autores parecen coincidir en definir la función ejecutiva como un conjunto de factores organizadores, subyacentes a las demás actividades cognicitivas. De todo ello, se deprende la necesidad de seguir investigando como el objetivo de logar un constructo común y compartido por todos los profesionales del campo, logrando de esta forma resultados homogéneos en las investigaciones y resultados satisfactorios en los tratamientos, que permitan disminuir la incapacidad subyacente, logrando una actividad funcional en todos los pacientes afectados. 

Referencias bibliográficas

  1. Fuster, J. M. (1988). Prefrontal cortex (pp. 107-109). Birkhäuser Boston.
  2. Goldberg, E. (2001). The executive brain. New York: Oxford University Press.
  3. Lezak, Muriel D. (Ed), (1989). Assessment of the behavioral consequences of head trauma. Frontiers of clinical neuroscience, Vol. 7., (pp. 113-143). New York, NY, US: Alan R. Liss, xiii, 224 pp.
  4. Luria, A. R. Higher cortical functions in man. (1966). New York: Basic Books
  5. Pineda, D. (2000). La función ejecutiva y sus trastornos. Revista de neurología, 30(8), 764-768.
  6. Redolar Ripoll, D. (2014). Neurociencia Cognitiva. Madrid: Panamérica.
  7. Tirapu Ustárroz, J., Rios Lago, M., & Maestú Unturbe, F. (2008). Manual de Neuropsicología. Barcelona: Viguera Editores S.L.
  8. Trujillo, N., & Pineda, D. A. (2008). Función ejecutiva en la investigación de los trastornos del comportamiento del niño y del adolescente. Revista Neuropsicología, Neuropsiquiatría y Neurociencias, 8(1), 77-94.

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